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El falso mito de que la cultura no produce

  • Foto del escritor: Lourdes Ricciadi
    Lourdes Ricciadi
  • 15 jul
  • 4 min de lectura

Cada cierto tiempo vuelve la misma frase: el arte no produce, las humanidades no sirven, la sociología no da plata, la antropología es un lujo, la historia del arte es una conversación elegante para quienes ya tienen tiempo libre, pero detrás de esa idea no hay pragmatismo económico, sino una forma profundamente limitada de entender qué es producir valor.

Muchas veces estas premisas se la evalúa con las herramientas equivocadas. Si algo no se convierte de inmediato en facturación, productividad trimestral o crecimiento visible en una planilla de Excel, se lo trata como inútil, pero esa mirada no solo es pobre, también es incorrecta.


Los datos recientes del mercado del arte global muestran que estamos hablando de una economía internacional de gran escala. Según el Art Basel and UBS Global Art Market Report 2026, las ventas globales del mercado del arte crecieron un 4% en 2025 y alcanzaron los 59.600 millones de dólares. El sector de galerías y dealers llegó a 34.800 millones, mientras que las subastas públicas crecieron un 9% hasta los 20.700 millones, además, el volumen de transacciones alcanzó los 41,5 millones en 2025.


Es decir, el arte no es un pasatiempo marginal de élites ilustradas, es un mercado global, financiero, logístico, simbólico y geopolítico. Aunque es un mercado concentrado (Estados Unidos, Reino Unido y China representaron el 76% de las ventas globales por valor en 2025), esta premisa no invalida el argumento, al contrario, abre una pregunta para América Latina: ¿cómo puede una región con una producción cultural tan potente seguir ocupando un lugar periférico en las estructuras de valorización internacional?


El caso latinoamericano aparece de manera intermitente, muchas veces asociado a nombres consagrados. En 2025, El sueño (La cama) de Frida Kahlo se vendió por 54,7 millones de dólares en Sotheby’s, superando el récord previo del arte latinoamericano en subasta, pero el problema es precisamente ese: no podemos depender únicamente de la excepcionalidad de Frida, Rivera, Lam o Botero para demostrar que el arte latinoamericano tiene valor. El desafío es construir infraestructura para que ese valor aparezca como ecosistema: galerías, archivos, crítica, coleccionismo, ferias, investigación, educación, circulación digital y políticas públicas.


La cultura, además, no se agota en el mercado del arte, las industrias culturales y creativas tienen un peso económico mucho más amplio. La UNESCO señaló en 2025 que las industrias culturales y creativas representan el 3,39% del PIB global y el 3,55% del empleo total, mientras que el turismo cultural en 250 ciudades generó 741.300 millones de dólares en 2023. La UNCTAD, por su parte, estima que las industrias culturales y creativas generan casi 2,3 billones de dólares anuales y contribuyen con el 3,1% del PIB global, también recoge estimaciones de UNESCO según las cuales el sector representa el 6,2% del empleo mundial.


En América Latina y el Caribe, el BID estima que la economía creativa representa 124.000 millones de dólares, el 2,2% del PIB regional y 1,9 millones de empleos. En Brasil, el mapeo de Firjan muestra que el PIB creativo superó el 3% del PIB nacional desde 2021 y llegó al 3,59% en 2023, con 1,262 millones de profesionales creativos formalmente empleados.

Entonces, cuando se dice que la cultura “no produce”, habría que preguntar: ¿comparada con qué? ¿Con qué sectores sí decidimos reconocer como productivos? ¿Y bajo qué criterios? La cultura no solo genera ingresos directos, también activa turismo, educación, propiedad intelectual, empleos jóvenes, diseño, audiovisual, videojuegos, música, editorial, moda, gastronomía, patrimonio, plataformas digitales y economías urbanas, pero reducir la defensa de la cultura a “también da plata” sería caer en la misma trampa: La cultura importa económicamente, sí, pero su valor más profundo no siempre entra en la lógica de la monetización inmediata.


La Organización Mundial de la Salud publicó en 2019 una revisión sobre arte, salud y bienestar que sintetizó evidencia de más de 3.000 estudios. El informe identificó un rol importante de las artes en la prevención de enfermedades, la promoción de la salud y el manejo y tratamiento de enfermedades a lo largo de la vida. Esa evidencia vuelve insuficiente la idea de la cultura como entretenimiento secundario, ya que plantea que participar en prácticas artísticas, asistir a espacios culturales, cantar, bailar, pintar, leer, escribir o formar parte de experiencias colectivas puede tener efectos concretos sobre la salud mental, el aislamiento, el estrés, la memoria, la identidad y la capacidad de atravesar momentos de crisis.


Entonces, teniendo estos datos presentes, podemos afirmar que la cultura organiza, da lenguaje donde hay trauma, construye memoria donde hubo violencia, abre comunidad donde hay fragmentación, y permite imaginar futuros cuando la realidad parece administrarse únicamente desde la urgencia.


George Yúdice ya había planteado que la cultura se volvió un recurso estratégico para enfrentar problemas sociales, desde la exclusión hasta la violencia y la reactivación urbana, pero sí a la cultura se le exige reparar tejido social, entonces no puede ser tratada como gasto ornamental. Si se le pide que eduque, incluya, sane, represente, democratice, pacifique y genere identidad, también debe ser financiada, profesionalizada y protegida.

Martha Nussbaum lo formula desde otro lugar: cuando las sociedades recortan humanidades para privilegiar únicamente la formación técnica o la rentabilidad inmediata, debilitan las capacidades que sostienen una democracia como el pensamiento crítico, imaginación moral, empatía, argumentación y comprensión histórica. Nuccio Ordine, en La utilidad de lo inútil, insiste en que aquello que no parece útil bajo la lógica del beneficio inmediato puede ser precisamente lo que hace posible una vida humana más libre, más compleja y más digna.


El desprecio hacia artistas, historiadores del arte, sociólogos, antropólogos, curadores, investigadores, escritores, y la lista podría seguir, no surge de una verdad económica, surge de una reducción de la vida a productividad visible. Se los acusa de “no producir plata” mientras se naturalizan formas de vida cada vez más mediocres, más ansiosas, más aisladas e incapaces de imaginar sentido fuera del rendimiento. 


La cultura no es un lujo, tampoco es un refugio romántico separado de la economía. Es infraestructura social, económica y simbólica, y mientras los discursos globales sigan tratándola como algo secundario, seguirán entendiendo mal el arte, la economía, la salud y la vida colectiva.


 
 
 

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